Así la ardiente pasión que en abrasado volcán convertía al corazón, presa de amoroso afán, se trueca en tibia ceniza de los altares al pie, y arroyo que se desliza es lo que torrente fue. Ceniza que da la calma al amante corazón, mejor que dichas al alma el fuego de la pasión. Por eso el dulce sosiego de los felices esposos es la ceniza del fuego de sus pechos amorosos. Y fuera necio sentir que así se calme su ardor: ¡la pasión ha de morir para que viva el amor.
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